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Prácticas singulares en relación.

NATALIA GONZALEZ SAÑUDO

Si hay algo que tenemos como especie, es la capacidad de crear. Y para crear, juntamos. Somos capaces de recopilar una experiencia sentida, vivida, imaginada, soñada y recrearla, uniendo sentires, de una forma única para cada uno de nosotros.

Un sentido vital.

Crear cuerpo conlleva siempre un proceso creativo singular que en el caso de la práctica del masaje se hace con un ‘otro’, por lo que se convierte en un proceso creativo conjunto.

Tensiones, despliegues, formas de ocupar el espacio, formas de organizar los diversos apoyos en sus diferentes posiciones, características de elongación, de tono y de actitud, temperaturas, marcas en la piel. Formas que se acumulan en la memoria corporal pero también en una memoria conjunta de relación. Creamos un cuerpo sentido. Un cuerpo sentido que también es capaz de crear nuevas formas en el contacto, de percibir sugerencias y transformarlas. Sugerencias que tienen un doble sentido de vivencia: no se puede tocar sin ser tocado, ni ser tocado sin tocar. Hay un aprendizaje, un intercambio. Y por lo tanto, hay una intención de mutuo crecimiento, conocimiento y relación.

A lo largo de estos años he llevado mi práctica a la siguiente caracterización de su técnica, a fin de enseñar una forma de percibir las rutinas, secuencias de toques, estiramientos, apoyos y anclajes de una forma más global, más visible en términos de relación.

Movimiento, ritmo y profundidad.

Tres características que permiten desplegar itinerarios entramando la experiencia conjunta, no como algo fijo sino como algo que abarca conexiones y relaciones, soportes de experiencia.

Cada movimiento tiene un ritmo encontrado en función de las sensaciones provenientes del encuentro piel a piel entre cuerpos, dando una información que se traduce en el contacto como una forma de conocer la idea de profundidad, que no es otra que la intensidad de toque a elegir para alcanzar el tejido que despunta como necesitado de esa acción y que no necesariamente, profundidad es sinónimo de fuerza: se puede tocar al límite de la piel para despertar los tejidos más profundos, se puede tocar a través de un objeto para plasmar de información un tejido, entre muchas otras situaciones de contacto.

El aprendizaje de la técnica se encuentra en el movimiento, en su repetición pero también en su olvido, como algo que también se aprende. Olvidar a veces, es encontrar. Ritmo y profundidad, como señalé anteriormente, aparecen a un tiempo presente en la ejecución atenta del movimiento. Elaboración de instante. El ritmo marca señal, llamada, susurro, invita a mostrar, a descubrir, a liberar, es decir a encontrar una deriva.

Expuesta así la intención corporal, se puede definir la intensidad soportada, una intensidad tejida entre ambos cuerpos. Información densa. A veces, es una la que no quiere/desea/entiende tocar demasiado y otras, es el otro el que advierte/señala hasta dónde quiere/puede llegar. Todo esto implica una gran presencia, una conciencia plena. Uno no puede perderse en el cuerpo del otro, ni ser tomado por el otro, ¿o sí?. A modo de umbrales, emergen las diferentes líneas de relación, siempre variables, cambiantes, recíprocas. Aparece entonces, la relación desplegada, su deriva vital. El alcance de un aprendizaje del cuerpo en totalidad presente. Una incorporación situada.

Crear cuerpo conlleva siempre un proceso creativo singular que en el caso de la práctica del masaje se hace con un ‘otro’, por lo que se convierte en un proceso creativo conjunto.

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